lunes, 14 de noviembre de 2016

El Hotel Chelsea



Por el Chelsea han pasado numerosos artistas, músicos y escritores que hicieron del hotel un centro cultural y artístico del mundo bohemio de Nueva York. Está situado en el 222 Oeste de la calle 23, entre las avenidas Séptima y Octava. Construido en 1883, el hotel recibe visitantes, pero principalmente es conocido por residentes de larga temporada. 

Fue el primer edificio que se enumeró en la ciudad de Nueva York como lugar cultural y edificio histórico. Construido en 1883 como una cooperativa privada de apartamentos que se abrió en 1884. Fue el edificio más alto de Nueva York hasta 1902. Su concepción inicial era la de bloque de apartamentos y no se convertiría en hotel hasta 1905.

En ese entonces el Chelsea, y particularmente la calle en la cual el hotel fue construido, eran el centro del distrito del Teatro de Nueva York. El Chelsea siempre estaba atiborrado de escritores, pintores, músicos que en su mayoría durante años eran huéspedes estables. 

Su primer huésped literario fue el escritor Mark Twain. Después la lista es larga: Thomas Wolfe desde 1923 hasta su muerte en 1938 se encerraba en el hotel a trabajar; el escritor O. Henry –seudónimo de William Sydney Porter– vivió varias temporadas, cada vez inscribiéndose con nombres distintos; el dramaturgo Arthur Miller trabajó siete años en el Chelsea mientras su esposa, Marilyn Monroe, filmaba en Hollywood; Tennessee Williams siempre se refugiaba en el Chelsea para sus fracasos con alcohol y drogas; después de vagabundear por Tánger y París. Charles R. Jackson, autor de "The Lost Weekend", se suicidó en su habitación el 21 de septiembre de 1968.

Los poetas Allen Ginsberg y Gregory Corso lo eligieron como lugar para el intercambio filosófico e intelectual. En 1965, William Burroughs vivió ocho meses en ese hotel.

También se conoce como el lugar donde el escritor Dylan Thomas murió por un envenenamiento de alcohol el 4 de noviembre de 1953. Sus últimas palabras fueron “he bebido 18 vasos de Whisky, creo que es todo un record”.

Definitivamente el momento más trágico de la historia del Chelsea fue el 12 de octubre de 1978.  En la habitación 100 ese día Sid Vicious, el atormentado bajista de The Sex pistols, se despertó de un largo trance inducido por alucinógenos para encontrar a su novia Nancy Spungen, en ropa interior, tirada en el baño y apuñalada en el abdomen. El cuchillo usado para matar a Nancy pertenecía a Vicious quien originalmente en medio de la confusión se declaró culpable, pero después se retractó. 

Luego de este episodio Vicious muchas veces declaró que “quería unirse a Nancy”, por ello trató de suicidarse cortándose las venas y saltando por una ventana, pero su ineptitud le permitió sobrevivir. Finalmente, Sid murió 6 meses después que Nancy y poco antes del juicio. Aparentemente se suicidó con una sobredosis de heroína en una fiesta que su madre organizó cuando fue liberado bajo palabra. Muchas teorías mantienen que Nancy fue asesinada por uno de los dos traficantes de drogas que visitaron aquella habitación esa noche y que, probablemente, también tenían la intención de robar, pues algunos artículos no se encontraron en el cuarto. 

En 1966, Andy Warhol y Paul Morrissey filmaron “The Chelsea girls”, un largometraje experimental sin aparente estructura narrativa en el que seguían a diversos residentes del hotel, entre los que se puede localizar a varios habituales de la Factory, como Gerard Malanga, Nico, Ondine, Mary Woronow y Edie Sedgwick.

Andy Warhol elevó la categoría del Hotel Chelsea a protagonista en su película Chelsea Girls. Es lo más cerca que alguna vez estuvo Warhol del cine narrativo y hoy este trabajo es visto como un documento antropológico sobre la legendaria escena underground neoyorquina de la época. 

Impulsado por Jonas Mekas, Warhol se sumergió en este hotel de la bohemia de Manhattan y grabó 12 historias o, por decirlo de manera más precisa, 12 “momentos”, como si espiara por el ojo de la cerradura, llevando hasta sus límites la concepción del cine como acto vouyerista.

Edie Sedgwick fue la chica ‘It’ de los 60’s, modelo y actriz adorada por Andy Warhol. En algún momento Edie y Andy fueron la “pareja-no-pareja” más solicitadas en Nueva York. Edie se mudó al Chelsea allí, conoció a Leonard Cohen y se enamoró de Bob Dylan. Una noche de 1966, probablemente en un momento de indiferencia alucinógena y a pesar de las advertencias de Leonard Cohen, se durmió con velas prendidas y milagrosamente se despertó en medio del fuego, escapó con leves quemaduras. Después de otros fuegos y escenas en el lobby cuando no tenía dinero para pagar la renta, muchos huéspedes estuvieron complacidos cuando Edie se fue del Chelsea. Despues de tener sus 15 minutos de fama, esta bella rubia hija de un magnate petrolero murió, a los 28 años, por una probable sobredosis de barbitúricos.

Nico y Jim Morrison vivieron muchas noches de pasión en la habitación 110 del Hotel Chelsea. Nico murió absurdamente, en Ibiza, en 1988, de un derrame cerebral, mientras corría en bicicleta. Era la cantante de la Velvet Underground, el grupo de Lou Reed.

Arthur C. Clarke desde su habitación 1008 observaba con un telescopio las estrellas mientras escribía “2001, odisea del espacio”. El irónico e insoportable Arthur C. Clarke, antes de escaparse a su refugio atómico en Sri Lanka, pasó muchas y muchas horas en la habitación 1008 de hotel Chelsea, escribiendo el guión perfecto para que Stanley Kubrick le dejara tranquilo de una puñetera vez. Arthur se pasó mucho tiempo en el iconográfico bar del hotel Chelsea, bebiendo y bebiendo  con sus compadres Allen Ginsberg y William Burroughs. A Arthur nunca le gustaba Nueva York. Sólo disfrutaba de la barra del Chelsea.

Leonard Cohen escribió "Chelsea Hotel" para Janis Joplin, cuando se enteró que había muerto por abuso de alcohol y drogas poco después de la noche que pasaron juntos: 

“Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel
 Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda
 Volviste a decirme que preferías hombres bien parecidos
 pero que por mí harías una excepción”. 

El propio Cohen contó que tomó uno de los ascensores del Chelsea deseando toparse con Brigitte Bardot, pero se encontró con Janis Joplis y tuvieron una aventura sexual. Todo es posible en Chelsea Hotel. Ya tarde, Janis Joplin regresaba a su cuarto cuando se cruzó en el ascensor con el cantante canadiense. Janis le preguntó si sabía dónde se hospedaba el guapo Kris Kristofferson. Cohen, en un rápido reflejo de poeta seductor contestó: “Señorita, está usted de suerte: yo soy Kris Kristofferson”. La broma hizo gracia y el truco funcionó. Ambos pasaron la noche juntos, sólo fue una noche, pero dio lugar a una de las mejores canciones del canadiense. 

Kleinsinger fue un compositor que vivió en el Chelsea por casi veinte años. Es conocido por componer la música de la popular canción infantil anglosajona ‘Tubby the Tuba’. El estudio de Kleinsinger en el piso 10, semejaba una curiosa jungla tropical poblada de árboles y plantas. Algunos visitantes no podían creer que estaban en el medio de Manhattan. Entre sus originales mascotas estaban un pitón de 3 metros, una boa, una iguana, pirañas, monos, 40 camaleones, un koala, 3 papagayos y muchas más aves exóticas.

Dos ambiciosos jóvenes se encuentran en Nueva York, Patti Smith, criada en un rígida familia de testigos de Jehová y escapando de New Jersey y Robert, estudiante de arte, hijo de una familia de clase media católica irlandesa.  Un día de Julio de 1969 Patti Smith arribo al Chelsea con Robert Mapplethorpe, afectado por una severa infección de encías. Ese era el único refugio donde un artista desconocido y sin un solo dólar podía estar. Ella fue a la oficina de Stanley Bard, administrador del hotel y le dijo: “Hola! Me llamo Patti Smith, y vengo con Robert Mapplethorpe, usted no nos conoce, pero un día nosotros seremos famosos, el problema es que no tenemos dinero… Robert está enfermo, nada serio solo una gingivitis”. Patti Smith le mostró el portafolio de Mapplethorpe para sugerirlo como garantía, después de mucho insistir ella logró que le dieran la llave de la habitación 1017, la más pequeña del Chelsea, pero en aquel momento la 1017 era como el paraíso, confeso Smith en su autobiografía.

Otro huésped del Chelsea, la fotógrafa Sandy Daley prestó a Mapplethorpe una cámara Polaroid y bajo sus tutelaje el comenzó a experimentar. Aparte de ser su mentor creativa ella también se convirtió en su guía del downtown de Nueva York, introduciendo a Mapplethorpe y Smith al Max’s Kansas City, el club frecuentado por la elite creativa de la época, incluyendo Warhol y su comitiva de The factory. 

Bob Dylan vivió en el Chelsea entre 1961 y 1964. Algunas versiones aseguran que Bob Dylan se mudó al Chelsea para estar cerca de Sara Lowland, pero Dylan al mismo tiempo mantenía un romance con Joan Baez, que terminó abruptamente. Dylan se casó en secreto con Sara y su primer hijo, Jesse, nació en el Chelsea donde Dylan solía habitar la suite 211, allí escribió ‘Sara’ un homenaje a su esposa.

Siempre se ha dicho que Bob Dylan odiaba a Andy Warhol, porque puso todas las trabas para que Bob jamás  pudiera acostarse con la estrella warholiana, Edie Sedwick, guapísima, impresionante. La modelo tenía loco a Dylan desde hacía mucho tiempo. Por supuesto, la conoció en el Hotel Chelsea. ¿Es verdad que se casó con  Sara Lowlands, la mujer que le dió sus cuatro hijos, porque Edie le rechazó?.

La existencia del Chelsea no hubiera sido igual sin Stanley Bard, su comprensivo director. El gerente de esta residencia de artistas se mostró casi siempre comprensivo a la hora de cobrar el alquiler a sus inquilinos más necesitados,  y llegó incluso a aceptar obras de los artistas que allí residían como forma de pago. Ello ayudó a que el Hotel Chelsea se convirtiera en un verdadero segundo hogar para un numeroso grupo de artistas que revolucionaron la cultura de la del siglo XX. Sin él nunca  el Hotel Chelsea hubiera llegado a ser el lugar legendario en el que se ha convertido.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los Cabarets en la República de Weimar


Cuando se piensa en la república de Weimar, las dos cosas que vienen a la cabeza inmediatamente a cualquier persona son los cabarets y la inflación. En 1930, Berlín era una megalópolis en la que había 4 millones de habitantes registrados que atraía también a extranjeros que acudían en parte por su efervescente vida nocturna y cultural, y también porque resultaba barata.
Una explosión de alegría invadía Berlin como una nube tóxica. Llena de alcohol, drogas y bellas mujeres. Bares, parques de atracciones y tabernas florecian como champiñones. Con una inflación galopante, quienes acudían allí con divisas que no se devaluaban de un día a otro tenían garantizado el acceso a vivienda, comida y ocio por la hiperinflación de la moneda alemana.
Pese a la inflación y a la inestabilidad política, o tal vez por ellas, floreció en Berlín una vida cultural y nocturna como no lo hizo en ninguna otra ciudad alemana que tuvo en los cabarets su máxima expresión. Los más famosos eran Eldorado, el Wintergarten y Residenz y el Kit Kat. No eran los únicos. Los había a docenas y donde no había un cabaret, había un bar, un salón de baile o un baile improvisado en cualquier barrio.
Pero esa libertad escondía un problema (otro más de los que acuciaba a la república de Weimar): la prostitución. Con unas elevadas tasas de desempleo y unos sueldos exiguos y que se devaluaban a diario, prostituirse era la única solución para cientos de miles de personas, independientemente de su edad y sexo.
El cabaret llegó a Alemania en 1901, aproximadamente veinte años después de su comienzo en Francia, y le llevó dos décadas encontrar su propio y particular estilo.El Cabaret alemán es una combinación de baile, canciones, drama y otros números diseñados para hacer pensar al público mientras se divertía.
Usando una letal combinación de alcohol, sexo y política, los cabarets alemanes eran el centro de un estructurado ambiente con una serie de pequeñas mesas donde la audiencia podía comer, beber y ver las actuaciones. La mezcla de comida, bebida y arte fue una combinación única que alimentaba un nivel de intimidad entre performers y espectadores inaudita hasta ese momento.
La clave de por qué el cabaret alemán prosperó en la República de Weimar reside en dos factores combinados: la falta de culpabilidad y la permisividad del ambiente. La gente podía ir al cabaret, tomarse una cerveza, echar unas risas y criticar al Estado sin sentir que estaban socavando la imagen de Alemania.
Los cabarets no se basaban únicamente en el sexo. En ellos se escuchaba jazz y los artistas aprovechaban la música para hacer crítica socio-política. En Berlín hay un museo en el que se recuerda a todos los alemanes que se opusieron al nazismo. Entre ellos, hay muchos artistas de cabaret que aprovecharon los escenarios para criticar a Hitler y sus seguidores, que aunque no habían llegado al poder, ya eran percibidos como una amenaza y que terminaron perseguidos por el nazismo.
Werner Finck es uno de los muchos actores y cabaretistas que usó el entretenimiento como plataforma para la crítica. En 1929 se trasladó a Berlín, donde abrió junto a Hans Deppe, Rudolf Platte y Robert A. Stemmle el cabaret Die Katakombe, que tuvo que cesar su actividad después de que Goebbels ordenara su cierre en 1935. Allí era normal escuchar críticas sutiles al nazismo y por su escenario pasaron el escritor Erich Kästner o el músico Hanns Eisler, colaborador habitual de Brecht y compositor del himno de la RDA. Aunque los anteriores lograron escapar de las garras del nazismo, otros cabaretistas, como Max Ehrlich, terminaron sus días en campos de concentración.
Rudolf Nelson había sido ya antes de la Primera Guerra Mundial un exitoso compositor de chanson, así como un próspero empresario del cabaret. Tras 1918 su genio se unió al de dos brillantes recién llegados, Friedrich Hollaender (conocido como Frederick Hollander en sus años de Hollywood) y Mischa Spoliansky. Estos compositores pudieron valerse, a su vez, de letras como las de Kurt Tucholsky (alias Theobald Tiger), al prolífico y políticamente creador de sátiras, y Marceluss Schiffer, que parodió las modas comerciales y las debilidades sociales del momento. Hollaender tenía también gran talento como ingenioso poeta, enamorado de los juegos de palabra sin sentido.
El primer cabaret alemán, Buntes Theater (teatro colorado), fue fondado en 1900 por Ernst von Wolzogen. Sin embargo, solo a partir de los años 20 esta forma de hacer espectáculo floreció llevando al éxito artistas como Werner Finck. Sin duda, fue el personaje de Lola-Lola, interpretado por Marlene Dietrich en la cinta de 1930, El ángel azul, el que llenó de glamour la imagen de los cabarés berlineses.
Marlene Dietrich queda inmortalizada a través de sus papeles cinematográficos, pero otras estrellas brillaron aún más en los cabarets de los años veinte. Trude Hesteberg y Rosa Valetti fueron no sólo cantantes de gran personalidad, sino que fundaron y gestionaron, respectivamente, el Wilde bühne (Escena Salvado) y el Größenwahn (Megalomanía), los dos cabarets más destacados de la época de Weimar.
Margo Lion nacida en Francia y superdelgada cantaba las parodias de las moda y la alta sociedad que le escribía su marido, Marceluss Schiffer.
El polo opuesto del encanto mundano de Lion lo representaba el talante descarado y proletario de Claire Waldoff, cuyo abundante pelo rojo, su figura cada vez más rotunda y su voz estridente encarnaban el espíritu de las clases bajas de Berlín.
Gracias a la abolición de la censura por parte de la República de Weimar, los palcos escénicos de Berlín se transformaron en auténticos territorios francos en los cuales se trataban temas políticos y sexuales que a la vez suscitaban escándalo en los burgueses conservadores y diversión en el público más impertinente.
Con la censura abolida, los cabarets eran libres de reflejar la rapidez con la que cambiaban los tiempos. En una canción como Abschied von der Boheme (1919) podía percibirse un tono más escéptico.
Vestido de Pierrot, Gustav von Wangeheim que interpreta el papel de Jonathan Harker en Nosferatu (1922) de Murnau, la primera película de drácula- deploraba el fin de la vida desenfada bohemia de la época anterior a la Guerra.
Pero no todo el mundo compartía la nostalgia de Wangeheim por un mundo perdido. De hecho, Wir wollen alle weider kinder sein! (1921), que cantó Rosa Valetti, se burlaba precisamente de aquellos tipos que querían que volviera la época anterior a la guerra, como si se hubiera tratado de una niñez inocente.
En lugar de suspirar por el pasado, la mayoría de los artistas de cabaret decidieron sumergirse en el presente, que consideraban con una actitud que oscilaba entre la curiosidad divertida y un cinismo despegado.
En muchos cabarés de los años 30 se organizaba la mayoría de las actividades antinazi. Muchos actores de cabaret y empresarios eran judíos o liberales y por tanto objetivo de los nazis. Fueron innumerables los artistas que decidieron huir de Alemania durante las primeras semanas después del triunfo nazi, entre otros Thomas Mann, Bertolt Brecht, Fritz Lang y la propia Marlene Dietrich.
Obviamente no faltaron suicidios y deportaciones a los campos de exterminio, principalmente a partir de 1937 cuando, en el marco de una arianización radical del Estado, Goebbels eliminó todas las formas de manifestación política y satírica. Y, con ello, la época dorada del cabaret alemán.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El Surrealismo


En 1916 André Breton descubre las teorías de Sigmund Freud. La lectura le hizo pensar en la posibilidad que ofrecía el psicoanálisis como método de creación artística. El Surrealismo comienza en 1924 en París cuando publica el "Manifiesto Surrealista". Según este manifiesto el Surrealismo es un puro automatismo psíquico por el cual se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento en ausencia de cualquier control ejercido por la razón al margen de toda preocupación estética o moral.
Freud ejerce una influencia decisiva en el movimiento. Sus teorías acerca del mundo autónomo de los sueños, de la capacidad automática de la psiquis, del profundo y oscuro mundo interior de la mente aparecen como reveladoras de una nueva naturaleza del arte humano.
Aunque se haya dicho muchas veces que el Surrealismo viene directamente del Dadaismo es importante destacar los orígenes autónomos y propios del primero. Lo cual no quita que tengan entre sí líneas de contacto y reflexiones comunes. Pero si el Dadá es un arte que propugna destruir, provocar el caos y aniquilar, el Surrealismo construye de veras una concepción del arte y de la vida. El Surrealismo propone una teoría de lo inconsciente y de lo irracional como medio para cambiar la vida, la sociedad, el arte y el hombre por medio de la revolución, rechaza la cultura tradicional basada en el poder de la razón y rompe con los convencionalismos sociales.
La palabra surrealista la empleó por primera vez Apollinaire en 1917. A partir de entonces, se convirtió en un término usado con frecuencia por André Breton y los colaboradores de la revista Literatura, fundada por André Breton, Louis Aragon y Philippe Soupault.
En 1919 Breton y Soupault publican la que puede ser la primera obra surrealista: Champs magnetiques. Pero será 1924 el año decisivo: en ese año nacen las revistas Surréalisme y Révolution surréaliste y Breton redacta el Primer Manifiesto. Ya para entonces se les han añadido nombres como Artaud, Éluard, Péret y otros.
Al principio se trataba de un asunto fundamentalmente literario. La pintura surrealista aparece en escena desde la exposición de 1925 en la Galería Pierre, con artistas como Arp, Max Ernst, Man Ray, Klee, Giorgio de Chirico, Miró o Pablo Picasso, a los que se añadirían Dalí y Magritte.
A partir de 1925 el movimiento se expande y politiza. Se publican cartas-denuncias dirigidas al Papa, al Dalai Lama, contra la guerra, a favor de libertad para los delincuentes y para los locos. Su inclinación izquierdista no es óbice para sufrir la desconfianza del comunismo estalinista.
La voluntad de los artistas surrealistas de militar en el comunismo se encuentra con la férrea burocracia del dogmatismo del partido francés (PCF). Ello no impide que el "Papa Breton" redacte su Segundo Manifiesto del Surrealismo en diciembre de 1929, donde criticará a aquellos surrealistas "puros", que no han apoyado la revolución marxista.
Como consecuencia de aquella batalla dialéctica de varios años, con crisis en el grupo y cambios de posicionamientos, Breton, Éluard y Crével serán expulsados en 1933 del PCF. Quedan así dos tendencias surrealistas: una, identificada con el partido comunista francés, y otra, encabezada por Breton que se agrupa en torno a una tendencia de tipo trotskista.
Con la segunda Guerra Mundial el movimiento llega a América. Breton, exiliado en los Estados Unidos, funda allí la revista V.V.V., conoce a Trotski en México y propicia y apoya el efecto surrealista por todos esos países.
A su regreso a Europa en 1945 insiste en difundir el movimiento surrealista. Pero ya Francia, y Europa, han entrado en la onda del existencialismo y del arte comprometido desde otros presupuestos. Son Sartre y Camus los nuevos creadores de opinión literaria. Sin embargo, Breton, respetado y elogiado, lleva su actitud de denuncia social hasta rebelarse contra la guerra de Argelia (1958).

jueves, 3 de noviembre de 2016

"M Train" de Patti Smith


“M Train” es el segundo libro de memorias de Patti Smith. Si el primero giraba en torno a su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, “M Train” es un mapa de carreteras de su vida, que es evocada a través de dieciocho tiendas de café y cafeterías que ha frecuentado a lo largo de la misma.
El libro se inicia en el Cafe Ino del Greenwich Village. En la foto de la portada, aparece Smith en su mesa favorita de este café. Partiendo de ese pequeño café (donde acude cada mañana) «M Train» invita a un viaje que fluye entre los sueños y la realidad, mezclando tiempos y pasando por México, Berlín o Michigan, así como por el recuerdo de Fred Sonic Smith, el músico con el que se casó y que falleció en 1994. Mezcla de diario de viaje con investigación de su intimidad, también tiene algo de género epistolar, diario, entusiasmo de fan y fotografías sacadas por ella misma.
En 2010 Patti Smith editó "Eramos unos niños", su primer libro de memorias, donde contaba su temprana juventud en una Nueva York mítica que ya no existe. El libro fue un éxito de ventas y de crítica. Aquel libro era el recuerdo entrañable y notablemente lírico de su amistad juvenil con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, no la historia de toda su relación hasta la muerte de Mapplethorpe en 1989, sino la de los días de dorada pobreza en los que ambos eran unos recién llegados a Nueva York.
"Escribí 'Cuando éramos niños' porque Robert (Mapplethorpe) me lo pidió antes de morir y tenía esa gran responsabilidad con él, con nuestra relación, con Nueva York y con la cronología de los hechos, pero esta vez quería hacer algo diferente, en tiempo presente y de forma irresponsable, sin un diseño o trama previos", explica. Patti quería ver qué pasaría si escribía cada día y se felicita en ese sentido por cómo fueron "desplegándose" ante ella lo que llama los "patrones" de su vida, como su marido o el proceso mismo de envejecer.
Como se percibe en sus páginas, sin apenas referencias musicales, es la literatura la disciplina que juega un "papel central" en su prolífica producción artística, que incluye también la pintura y la fotografía. "No pienso en mí misma como un músico, sino como intérprete. No toco música y, si no estoy sobre un escenario, no pienso en ella. Cuando dejé la vida pública en 1979, no toqué durante más de 16 años, pero sí escribí cada día. Por eso pienso en mí más como escritora", ratifica.
«No es tan fácil escribir de nada», advierte Patti Smith en el arranque de «M Train». Pero a sus 68 años la «madrina del punk», demuestra que aún tiene mucho que decir. “M Train” es una especie de tren mental, con la imaginación se puede ir a cualquier parte, no se tiene fronteras, a través de la trinidad de la memoria (pasado, presente y futuro) se va a cualquier sitio del mundo, cualquier mundo en el universo.
Patti Smith crea asi un singular y bellísimo libro de memorias en el que revisita las cafeterías que más ha frecuentado a lo largo de los años y que convertía en lugares de creación. Su vida de poeta, dramaturga, cantante, artista y peregrina se revela aquí como si se tratara de un mapa de carreteras.
Gracias a una prosa que fluye sin contrastes de los sueños a la realidad acompañamos a la autora en sus viajes, entramos en la Casa Azul de Frida Kahlo en Mexico, visitamos las tumbas de Genet, Plath, Rimbaud o Mishima, somos testigos de su relación con Robert Mappelthorpe, y recordamos su matrimonio con el guitarrista Fred Sonic, la retirada de los escenarios para dedicarse a su familia y su vuelta triunfal al mundo de la música.
“M Train” se basa en sus diarios escritos en todos los cafés del planeta, donde sus conciertos han tenido lugar. Cada mañana busca una cafetería, no importa la ciudad en la que esté, pide un café negro, luego saca su diario y empieza a escribir o a describir sus vivencias y pensamientos. Por ello, este viaje se inicia en Greenwich Village, en el bajo Manhattan, en la “capital bohemia” de la ciudad de NY donde sus sueños comenzaron a convertirse en realidad. Así, de café en café, sus reflexiones y recuerdos van tomando vida en una hermosa mezcla entre Rimbaud, Mishima y Plath.
A través de 18 de sus cafeterías habituales Patti Smith revela su vida de poeta, dramaturga, cantante, artista, viuda y peregrina. M Train es un libro de memorias, pero también abreva en las tradiciones de la crónica de viaje, el género epistolar y el diario íntimo. En definitiva, cuando levanta vuelo a partir de las anécdotas y las historias que encuentra en su camino, su prosa se inscribe en la mejor literatura.
M Train atraviesa los continentes: América, Europa, África, Asia. Y, al final pasa largas horas sentada a la mesa de su lugar en el mundo, el Café Ino, leyendo o escribiendo. Ahí empieza y casi también termina el libro, cuando el Café Ino baja su persiana para siempre y su dueño le regala a la parroquiana más fiel la misma silla que tantas veces ocupó, en el mismo rincón de siempre.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La Factoría de Andy Warhol


Desde 1962 y durante los 25 años siguientes La Factoría fue un local-fusión: centro de arte, discoteca a tiempo completo, estudio de cine y fotografía y, sobre todo, refugio del rey del pop art, Andy Warhol. Era algo parecido a una línea de montaje de producción artística, y un lugar dinámico para la interacción social y cultural entre Warhol y su cohorte de amigos, amantes, artistas, conocidos casuales y espectadores curiosos.
En La Factoría había orgías diarias y drogas gratuitas. Fue un centro social inexcusable para las celebrities de la época. Desde Mick Jagger a Bob Dylan, pasando por todas las estrellas prefabricadas de Warhol —Candy Darling, Edie Sedgwick—, políticos con ganas de juerga, nobles canallas y escritores de moda. La lista de personalidades que pisaron el estudio estan Salvador Dalí, Betsey Johnson, Truman Capote, Allen Ginsberg y William S. Burroughs. entre otros.
Warhol, ávido coleccionista-fetichista de intimidades ajenas, lo grababa o fotografiaba todo. Dado que era un espacio para ver y ser visto, también fue el objetivo de muchas cámaras, manejadas por profesionales, aficionados, fotoperiodistas y fotógrafos de moda.
La Factoría funcionó como un útero del que surgieron proyectos dementes —películas bastante obtusas de supuesto carácter vanguardista que no han soportado el paso del tiempo— y otros brillantes, como los primeros discos de la Velvet Underground, el influyente grupo apadrinado inicialmente por Warhol en el que coincidieron Lou Reed, Nico y John Cale.
Andy Warhol, cineasta, artista plástico y gurú de la modernidad, desempeñó un papel crucial en el nacimiento y desarrollo del pop art. A mediados de los 40 inició sus estudios en el Instituto Carnegie de Tecnología y se estableció en la gran manzana donde inició su carrera como dibujante publicitario para revistas como "Vogue"," Harper´s Bazaar" o "The New Yorker".
Luego de una exitosa carrera como ilustrador profesional Warhol decidió fundar su propio estudio de arte situado un destartalado edificio industrial del corazón de Manhattan: la quinta planta del número 231 de la calle 47 Este en Midtown, Manhattan, Nueva York y a partir de entonces adquirió notoriedad mundial por su trabajo en pintura, cine de vanguardia y literatura, notoriedad que vino respaldada por una hábil relación con los medios y por su rol como gurú de la modernidad.
Warhol actuó como enlace entre artistas e intelectuales, pero también entre aristócratas, homosexuales, celebridades de Hollywood, drogadictos, modelos, bohemios y pintorescos personajes urbanos. En 1968 se mudó a el piso 33º de Union Square Oeste, cerca del club-restaurante Max’s Kansas City
Andy Warhol, hijo de emigrantes checo, era un encantador de serpientes y marchantes que convirtió aquel espacio fabril en un imán para friquis y una máquina de hacer dinero al servicio de su múltiple y discutido talento. Reunió a su alrededor una impresentable corte de chalados con genio que construyeron uno de los imperios culturales más importantes de la segunda mitad del siglo.
La Factoría no se limitó a los publicistas o pintores sino que cubrió todos los campos que interesaban al incomparable jefe.
Cuando a Warhol le empezó a interesar el cine, la Factoría se dedicó en cuerpo y alma a él, creando una especie de productora que llegó a tener sus peculiares estrellas como el sex symbol gay Joe Dallesandro o el transexual Candy Carline, que crearon la marca de fábrica de la Factoría. Cuando éste comenzó a colaborar con la Velvet Underground la Factoría abrió sus puertas a la música y completó su ya extenso catálogo de actividades.
La Factoría alcanzó su mayor fulgor en 1969 con la creación de la revista Interview que extendió las enseñanzas del apóstol de la modernidad y sus acólitos por todo el territorio americano, haciendo popular el estilo de vida del circo neoyorquino underground.
A partir de que Warhol fue atacado a tiros en 1968 por una de sus colaboradoras resentida, la feminista radical Valery Solanas, el acceso al lugar se restringió y se transformó en una oficina al uso. Cuando Warhol resultó tiroteado el futuro de la compañía pendió de un hilo, pero se demostró que la Factoría era lo suficientemente madura para continuar sin su líder durante un tiempo.
La Factoría siguió viva durante muchos años, hasta la muerte de su creador. Pasó muchas fases, pero siempre se mantuvo fiel a la filosofía que encarnó Warhol. Y se puede decir que todavía no ha muerto del todo, ya que Interview todavía se edita. La semilla de Warhol se resiste a desaparecer.
La obra de Warhol se valía de imágenes de consumo masivo para proponer una reevaluación radical de lo que debía constituir la materia artística. Gracias a sus pinturas, los anuncios, las tiras cómicas y los productos de consumo como las botellas de Coca-Cola y las cajas de Brillo adquirieron el mismo estatus artístico del que disfrutaba una naturaleza muerta tradicional.
Warhol redefinió el papel del artista, afirmándose en su famoso principio "quiero ser una máquina", Warhol redujo sistemáticamente su presencia como autor, trabajando con métodos e imágenes pensados para la producción en masa. Atrajo la atención con exposiciones de imágenes sorprendentemente banales, tales como lata de sopa Campbell del año 1965 o de estrellas famosas como Marilyn Monroe del 1962. La importancia de estas imágenes reside en el hecho de que fueran objetos o celebridades cotidianas y que, al ser impresos, podían ser repetidos mecánicamente hasta el infinito. Él convirtió al arte en un servicio accesible a todo el mundo y no exclusivo de las grandes corporaciones.